Un mundo feliz
En el Estado Mundial que imagina Huxley nadie sufre. Los niños se fabrican en laboratorio y se clasifican por castas desde antes de nacer, el condicionamiento sustituye a la educación y una droga llamada soma elimina cualquier malestar. La estabilidad se paga con la renuncia a la familia, al arte y a la libertad. Todo encaja hasta que aparece John, criado fuera del sistema, que ha aprendido a leer con Shakespeare.
Publicada en 1932, la novela plantea una distopía muy distinta a la de Orwell: aquí el control no llega por el miedo sino por el placer y la comodidad. Esa idea es la que la mantiene vigente casi un siglo después. Es una buena lectura para cualquiera que se interese por la ciencia ficción con contenido político, y un punto de partida excelente para discutir sobre consumo, tecnología y felicidad.
